jueves, 8 de septiembre de 2011

Meditaciones sobre la Virgen María: Natividad de María


1. º Nuestro nacimiento.- El día de nuestro nacimiento lo celebramos y festejamos como día de alegría. Es costumbre de familia alegrarse con el nacimiento de un niño..., y mucho más si es el primero de los hijos... ¡qué alegrías! ¡Qué enhorabuenas no reciben sus padres!... Y, sin embargo, ¡cuántas veces deberíamos llorar! ¡Cuántas veces deberíamos dar un pésame mejor que una felicitación! Pregunta ante la cuna de un niño recién nacido, qué porvenir le espera, y a todo lo dulce y agradable tienes que contestar con duda e incertidumbre..., no lo sabes... Sólo puedes asegurar que tendrá que sufrir y esto ciertamente. Nadie le enseña a llorar..., es lo único que aprende sin maestros, y esas lágrimas ya no se secarán más en sus ojos y en su corazón. ¿Y en el orden espiritual? Lo mismo..., tampoco hay razón para enhorabuenas y felicidades. Apenas comienza a vivir y ya es esclavo del demonio..., manchado de pecado, aunque parezca inocente..., privado del Cielo..., si ahora se muere, el Cielo no será para él. Recibirá el bautismo y con él la gracia, pero... ¿cuánto le durará?... Bien se puede asegurar que cuanto le dure su inconsciencia... apenas tiene uso de razón y ya comienza a pecar. ¿Te has fijado cómo se conoce que ya tiene uso de razón? Precisamente en que ya tiene malicia para pecar... ¡Qué pena! Pero es así. Bien pensado, pues, no hay nada más triste que el nacimiento de un niño... El dolor, las lágrimas, la incertidumbre, el pecado, la concupiscencia rodean su cuna... ¿Dónde está el motivo para alegrarnos?...



2. º Cómo obra la Iglesia.- La Iglesia obra de modo completamente distinto. Nunca celebra el nacimiento de sus hijos como el mundo; en cambio, cuando el mundo se viste de luto, ella se alegra en el día de su muerte. Fíjate cómo en todos los santos conmemora el día de su muerte y le llama el nacimiento para el Cielo y establece en ese mismo día su fiesta; en cambio, pasa en silencio el día en que nació a este mundo. Principios diametralmente opuestos. El mundo considera las cosas con ojos terrenos y celebra el comienzo de esta vida. La Iglesia atiende, sobre todo, a la vida celestial y no le importa el nacimiento en la tierra, sino en el Cielo. ¿Quién tiene más razón? Convéncete de que el punto de vista de la Iglesia es el verdadero..., el día en que se nace, es día en que comienza el dolor, la enfermedad y la muerte. Nacemos condenados a morir y padecer. En el día de la muerte, da principio la vida verdadera que no tendrá ya muerte, ni fin..., ni dolores, ni sufrimientos..., sino una eternidad dichosa, feliz y bienaventurada. Ésta es la vida. El nacimiento para esta vida eterna, es el único digno de ser celebrado.



3. º Nacimiento de la Virgen.- Sin embargo, ésa es la regla general. Pero tiene una excepción. La Iglesia misma así lo reconoce. Ella que nunca celebra el nacimiento terreno de sus hijos, llega un momento en que por una excepción extraordinaria se viste de alegría, se transforma y manifiesta en grandes efusiones de ternura y contento inmenso, que no puede reprimir, y establece una fiesta especial para celebrar un nacimiento. ¡El nacimiento de la Santísima Virgen! La mujer predestinada para ser Madre de Dios aparece sobre la tierra con su alma santa e inmaculada..., con la misma pureza y santidad con que salió de las manos de Dios... y su vida terrena es vida de gracia..., no es una vida celestial sino verdaderamente divina. Por eso, la Iglesia, la celebra y a todos nos invita a celebrarla con estas palabras: «Con alegría grande celebramos la Natividad de la Santísima Virgen María, pues su nacimiento ha llenado de gozo el universo mundo.» Alégrate y corre a felicitar a tu Madre querida.... La única que merece ser felicitada en su nacimiento..., la única que trae con su vida terrena el germen de la vida de la gracia para sí y para todos los demás.



(Meditación 10, su Natividad, P. Ildefonso Rodríguez Villar)

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