jueves, 4 de marzo de 2010

Cuidado de la Iglesia por los pobres


I. OBJETIVOS, HISTORIA Y ORGANIZACION

A. La preocupación por los pobres es la rama de la caridad. En un sentido estrecho, la caridad significa cualquier ejercicio de piedad hacia el prójimo enraizada en el amor a Dios. Mientras una gran cantidad de personas perfilan como objetos de caridad, la clase principal es aquella constituida por el pobre. Entendemos pobre a las personas que no poseen ni pueden adquirir los medios para sobrevivir y, por lo tanto, son dependientes de la asistencia de otros. De acuerdo con el mandamiento dado por Cristo (Mat. Xxv, 40), la preocupación por los pobres es deber de todos los miembros del cuerpo Cristiano. Por las obras de cada uno, se puede promover el bienestar de la comunidad. Sin embargo, así como el éxito es logrado más rápidamente por la cooperación sistemática de muchos, encontramos desde los primeros tiempos de la Cristiandad un trabajo conjunto del ejercicio privado de la caridad, estrictamente con medidas tomadas por la Iglesia en la preocupación por el pobre. La preocupación de la Iglesia por el pobre no es por ningún motivo sustituto de los esfuerzos privados; por el contrario, su intención es ser suplemento, extensión y completación de la obra de individuos. Los moralistas modernos distinguen, de acuerdo al grado de necesidad, tres tipos de pobreza:

(1) pobreza ordinaria como aquella del obrero contratado quien vive precariamente, no tiene propiedad, pero cuyo salario es suficiente para darse una subsistencia, siendo ésta su situación social;

(2) respecto a este tipo, la preocupación por el pobre se reduce a medidas preventivas para mantenerlos fuera del peligro de caer en pobreza verdadera;

(3) necesidad real o mendigos, es la condición de aquellos que no poseen ni pueden obtener suficientes medios para sobrevivir y dependen de la caridad de aquello que les falta;

(4) Necesidad extrema o destitución es un estado en el cual los medios que sostienen la vida faltan en tal forma que sin la ayuda externa, la existencia es imposible.

Los dos primeros tipos de pobreza son primeramente objeto de curación y luego de remedios preventivos. El objetivo del abastecimiento eclesiástico al pobre, consiste primero en proveerlo de sus necesidades inmediatas y luego la anulación de los efectos desmoralizadores de la pobreza, motivación y el fomento hacia un deseo de trabajar e independizarse y por lo tanto, el ejercicio de una influencia educativa en el alma: “El cuidado de las almas es el alma del cuidado por el pobre”. Existe además, el objetivo social de promover el bienestar público y procurar que la mayor cantidad posible de personas compartan los bienes materiales e intelectuales de la civilización. De este objetivo surgen los deberes generales de la ayuda eclesiástica al pobre: prevenir que aquellos que se pueden ganar la vida caigan en la pobreza, asistir con limosnas al enfermo y al pobre, elevar la condición moral y religiosa del pobre y suministrar a la vida social una bendición a la humanidad necesitada.

El cuidado al pobre incluye incluso hoy en día, un importante número de tareas que surgen de las influencias lujuriosas de las formas de producción capitalistas, el moderno sistema de intereses y usura en general, y la negligencia en los fundamentos morales de la vida social basados en el Cristianismo. La Iglesia busca lograr los objetivos y deberes de ayuda a los pobres por medio de sus obras corporales y espirituales de misericordia usualmente incluidas bajo el nombre de limosnas.

B. El objetivo eclesiástico del cuidado por los pobres, determina sus relaciones con la política social y las provisiones del Estado para con los pobres. La política social y el cuidado eclesiástico por el pobre tienen ambos por objeto remover las necesidades materiales, intelectuales y morales de las clases mas pobres de la comunidad. Son esencialmente distintos en tres puntos:

(1) El motivo principal de la política social es la justicia, el motivo principal de la ayuda eclesiástica es la caridad Cristiana;

(2) La política social considera los grupos enteros o grandes clases de personas; la ayuda eclesiástica tiene en sí misma, una preocupación por el individuo; el objeto de la primera es abolir el pauperismo, mientras que la última busca remover la pobreza individual;

(3) La política social apunta más bien a medidas profilácticas, buscando prevenir la continuación o aumento de la pobreza, mientras que la ayuda eclesiástica, aunque también profiláctica, es principalmente curativa dado que alivia y en la medida de lo posible, remueve la necesidad existente.

Tanto la obra eclesiástica de ayuda como la política social son indispensables para la sociedad; actúan y reaccionan una sobre la otra. La justicia sin caridad podría permitir a miles sufrir la destitución y salva pero solo a algunos. El hombre que es capaz de sostener su propia vida no necesita limosna, sino obras y salarios justos. La relación entre la provisión del Estado por el pobre y la ayuda eclesiástica es la siguiente: el Estado debe, en virtud de su política social preparar el camino para el desarrollo de la ayuda voluntaria al pobre, y debe poner estas políticas en práctica contra los individuos perezosos; por otro lado la provisión por los realmente pobres es, en primer lugar, asunto de la persona privada y la Iglesia, y en segundo lugar de la comunidad, y en último lugar del Estado. Los economistas neoliberales representados por ejemplo por Adam Smith, Richard Malthus y David Ricardo, están basados en el punto de vista de la vida de la antigua Roma, y aseguran exclusivamente para el Estado la tarea de ayudar al pobre, siendo que esta ayuda no disminuye sino aumenta la cantidad de pobreza, impone grandes gastos para el Estado e inclina a las clases mas bajas a la pereza. Por otro lado, se debe recordar que el Estado debe apoyar los inalienables derechos humanos de los vulnerables y promover el bienestar levantando a las clases necesitadas. Por lo tanto, las políticas del pauperismo no se limitan sólo al interés propio (por ejemplo, librar una guerra sobre los mendigos profesionales y toda explotación malevolente de la caridad), sino también en la preocupación privada por el pobre, especialmente hoy en día cuando la ayuda eclesiástica voluntaria no es posible que satisfaga todas las demandas que exige. La Iglesia sin dudas, siempre ha enfatizado los deberes del Estado en la promoción del bienestar de la gente. La Encíclica del papa León XIII sobre el tema del hombre que trabaja (1891) asigna al Estado tareas las cuales están contempladas dentro del programa de ayuda al pobre. La parte jugada por el Estado debe, sin embargo, ser sólo subsidiaria; el rol principal debe estar regularmente cumplido por la ayuda voluntaria y la caridad al prójimo dado que en sí mismo el principio de caridad espontánea e individualismo puede ser guardado en tanto el alivio del Estado descansa en impuestos obligatorios y siempre continúa burocrático.

Por lo tanto, la Iglesia afirma su derecho innato de preocupación por los pobres junto con y en conjunto con el Estado, y condena la agitación por un Estado monopólico de ayuda al pobre como una violación al principio de justicia. El aspecto político de la pobreza no pertenece, sin dudas al Estado; sin embargo, en la ayuda actual al pobre, la Iglesia y la comunidad deben cooperar. Mientras las instituciones fundadas por la Iglesia deben ser administradas por las autoridades eclesiásticas, la Iglesia debe permitir el ejercicio, incluso en instituciones estatales, de su influencia educativa y moral. Una estrecha cooperación entre la ayuda eclesiástica al pobre, público y privado, efectivamente previene su explotación por individuos indignos.

C. La ayuda eclesiástica del pobre está condenada por los Protestantes (por ejemplo, en tiempos recientes por el Dr. Uhlhorn) quien afirma que es carente de método, carente de crítica y sin organización, y consecuentemente fomenta el mendicidad y ejerce una influencia dañina. A esto sólo podemos replicar: El Cristianismo desaprueba cualquier irracionalidad y por lo tanto, también un a priori, una preocupación por el pobre desorganizada y ausente de crítica. Pero la vigilancia no debe ser injuriosa o degradante con el pobre. Sin transgredir los límites de la caridad y respeto por la dignidad del hombre, el Nuevo Testamento sin discusión demanda discreción en la entrega de la limosna y condena el mendigar profesional (I Tes. Iv, 11; I Tim., v. 13 sqq.). Todo el rango de la literatura eclesiástica e incluso los grandes amigos de los pobres entre los maestros de la Iglesia insisten perentoriamente en el orden y distinción al ser empleados en la ayuda al pobre, advierten contra el fomento de los mendigos perezosos y declara que cualquiera podría por lo menos apoyar la pereza como una inmoralidad; injustamente recibida, el alivio al pobre debe ser restaurado. La ayuda eclesiástica al pobre ha estado desde los primeros tiempos, muy bien organizada, una organización que ha cambiado en cada siglo para ajustarse a las cambiantes condiciones de los tiempos. No así en aquellos lugares donde la Iglesia tiene controlada la ayuda a los pobres, sino en aquellos donde el Estado u otros poderes han interferido con su administración, hay desorden y un deseo aparente de discriminación.

Los más recientes oponentes a la ayuda eclesiástica al pobre son los Individualistas extremos y los Socialistas. Al negar una existencia futura, y profesando un Evolucionismo y Relativismo Extremo, sosteniendo en la esfera moral la autonomía del individuo y proclamando la lucha como rango (por ejemplo, la lucha de clases), condenan toda beneficencia como perjudicial a la dignidad del hombre y al bienestar de la comunidad. Friedrich Nietzsche, en tanto Individualista extremo, ve en la infinita competencia – una lucha de todos contra todos, lo cual necesariamente significa la caída de los débiles y los pobres – como los medios que aseguren el mayor bienestar personal posible. El Socialismo representado como por Carl Marx y Carl Kautsky, proclama la lucha del proletariado contra las clases propietarias, una lucha cuya energía es paralizada y menoscabada (afirman) por la actividad caritativa. En una crítica a las enseñanzas de Nietzsche, se debe enfatizar que el superhombre es una mera fantasía sin ningún fundamento filosófico o histórico. Incluso el hombre más fuerte es dependiente de la civilización del pasado y el presente y en la organización social. Es carente de poder contra las fuerzas de la naturaleza, contra los tesoros acumulados de la civilización contra la combinación de circunstancias adversas. Incluso el hombre con la voluntad más fuerte podría ser en los próximos momentos ser el mortal más pío ante la extrema necesidad de caridad. Si el hombre se hace a sí mismo el centro de todos sus objetos, desafía a todos los hombres a la lucha. La teoría de los derechos del más fuerte tiene su consecuencia final en la reducción de la humanidad a una horda de bárbaros.

La moralidad Cristiana, por otro lado, distingue entre justo amor a sí mismo, el cual incluye amor al prójimo, y amor a sí mismo el cual combate y condena. Al apreciar el valor de la teoría socialista que declara que el cuidado por el pobre es una deshonra tanto para la sociedad como para quien recibe la limosna, debemos observar:

Incluso si estuviéramos dispuestos a otorgar que en el estado socialista del futuro todos los defectos morales y sus consecuencias desaparecerían (de lo cual no hay la menor prueba), las causas físicas de la pobreza estarán aún presentes. Incluso en el futuro habrán huérfanos, inválidos y ancianos vulnerables; a estas autoridades centrales no burocráticas, pero simpatizante, la caridad puede brindar suficiente ayuda. La aceptación de la limosna por parte del pobre inocente es, sin dudas, para ellos una cierta mortificación, pero en ningún caso un asunto indigno. De otro modo, sería indigno aceptar los regalos de la naturaleza y la civilización, que nosotros mismos no nos hemos ganado, y que forman una parte más amplia de nuestras posesiones materiales y espirituales. Es, sin embargo, una vergüenza y amarga injusticia reemplazar el justo salario por limosnas. Esto está muy lejos de ser el objeto Cristiano de cuidado por el pobre, y la moralidad Cristiana expresamente condena como un pecado contra la justicia distributiva. Sin embargo, todas las objeciones contra el cuidado eclesiástico por el pobre pueden ser mas fácilmente vistas si damos un vistazo a su historia.

D. La historia del cuidado eclesiástico del pobre es difícil, porque, de acuerdo con el mandamiento de Cristo (Mateo vi, 3) en su mayor parte evita la publicidad, atañe a los individuos y es en gran extensión influenciado por las instituciones sociales. Nos remitiremos a breves menciones de los fenómenos históricos más importante.

(1) La simpatía humana, como una característica natural del hombre, fue activa incluso entre los paganos quienes, sin embargo, no reconocían ninguna obligación moral de otorgar, dado que el conocimiento de un origen y destinos común y la igualdad del hombre ante Dios fue necesario. Algunas sugerencias de la doctrina Cristiana de la caridad al prójimo, se encuentran en los escritos de Cicerón, Séneca, Epíteto y Marco Aurelio, pero estos escritores no tenían poder para convertir a amplios círculos hacia sentimientos más humanos. Consecuentemente, en la Antigüedad, no existió un cuidado por el pobre público y general, sino aisladas sugerencias de ella. En Atenas, Pisistratus, hizo provisiones para los inválidos de guerra y ciudadanos, y su aplicación fue más tarde extendida a todos los residentes cuya dolencia los dejara imposibilitados de trabajar. Los citaros, oficiales especiales fueron también designados para prevenir el déficit de grano. Instituciones similares existieron en otros pueblos Griegos. En Roma, las pobre regulaciones en la época de Julio César, y las donaciones de grano, especialmente después de César y Augusto, deben ser consideradas como simples medidas políticas designadas para suavizar al proletariado Romano que clamaba por pan y juegos. Lo mismo podemos decir de la alimentaturia de niños, fundada por Nerva y Hadrian y perfeccionada por Trajano, instituciones que preveían a los huérfanos en numerosos pueblos en Italia, apoyados por la bolsa imperial, y por las posteriores fundaciones del mismo tipo bajo supervisión estatal fundadas en Italia y en diferentes provincias. Bajo el Imperio, los colegios de artesanos estaban resueltos a proveer a sus colegas empobrecidos. Los esfuerzos de Julián el Apóstata, de implantar el auxilio al pobre Cristiano en tierras paganas con la asistencia de Arsatinus, alto sacerdote pagano, se encontraron con muy poco éxito.

(2) La ley de Moisés estableció un auxilio a los pobres preventivo, que contiene numerosas provisiones en favor de los Judíos necesitados, y expresamente ordena la entrega de limosnas (Deut. Xv, 11) Estos preceptos de la Ley fueron fuertemente inculcados por los profetas. El mandamiento Divino de caridad hacia el prójimo está expresado claramente en la Ley (Lev. Xix, 18) aunque los Judíos veían como su prójimo solo a los miembros de su raza y extranjeros que vivían en sus territorios. [Los fariseos intensificaron aún más está angosta interpretación como desprecio por los gentiles y odio a los enemigos personales (mateo, v, 37; Luc., X, 33)]. Las medidas preventivas de auxilio a los pobres fueron las decisiones de la Ley en relación con la división de la tierra entre las tribus y familias, la inalienabilidad de la propiedad de la tierra, el Sabat y al año Jubilar, usura, la cosecha de la uva y el grano, el tercer diezmo, etc.

(3) Jesucristo comparó el amor al prójimo con el amor a Dios; proclamó como su prototipo el amor del Padre que está en los Cielos y a El mismo reclamando el amor por toda la humanidad; y enseñó los deberes de las clases propietarias hacia el pobre. Su propia vida de pobreza y necesidades y el principio, “lo que haces a uno de estos, el menor de mis hermanos, me lo haces a mi” convino a las obras de piedad una demanda del premio eterno, y a los necesidades de cualquier tipo, la esperanza de amoroso auxilio. En la doctrina y ejemplo de Jesucristo descansan los gérmenes de toda actividad caritativa de la Iglesia la cual ha aparecido siempre con nuevas formas a través de los siglos Cristianos.

(4) En tiempos Apostólicos, el auxilio a los pobres estaba estrechamente conectado con la Eucaristía, a través de las ofrendas y ágapes y a través de la actividad de los obispos y diáconos (Hechos, vi, 11 y sgtes.) Entre los Cristianos de Jerusalén, existía una comunidad voluntaria para el uso de bienes, aunque probablemente no era una comunidad de propiedad (Hechos, iv, 37; xii, 12) El cuidado por los pobres era tal, que nadie podía decir que estaba en necesidad (Hechos, ii, 34, 44, 45; iv, 32 y sgtes.) A través de la institución de la bolsa común, primero administrada por los Apóstoles y luego por los diáconos, el auxilio al pobre recibió carácter público. El auxilio público debía ser completado por la caridad privada (I Tim, v, 14). Los individuos privados, debían cuidar primero por los miembros de sus propias familias, negligencia la cual fue asemejada con apostasía (I Tim, v, 4,8,16), luego por los necesitados que eran miembros de su comunidad, luego por los Cristianos de otras comunidades y finalmente por los no Cristianos (Gal, vi, 10) Los Apóstoles proclamaban la alta dignidad moral en la obligación de trabajar: “Si algún hombre no trabaja, tampoco déjenlo comer” (II Tes, iii, 10); prohibida la amistad con el perezoso (op. Cit, 11) quienes son indignos de la comunidad Cristiana (6 y sgtes.); y prohibió el apoyo a los mendigos perezosos (I Tes, ii, 9; iv,11; Efesios, iv, 28; I Tim, v, 3,13). La entrega de la limosna es para las personas propietarias una obligación de la caridad piadosa; el pobre, sin embargo, no tiene reclamo de ella; deben ser modestos y agradecidos (I Tim, vi, 6,8,10,17.)

(5) En tiempos sub. Apostólicos, especialmente durante las persecuciones, el obispo continuaba como administrador de la propiedad de la Iglesia y director del auxilio a los pobres. Sus asistentes eran diáconos y diaconizas. El trabajo de las diaconizas, al principio era solo para las viudas, pero luego también fueron para solteronas mayores (Rom. Xvi, 1; I Cor. ix,5; I Tim, v, 9). Además de asistir en los servicios Divinos y en dar instrucciones, debían visitar a los enfermos y prisioneros, cuidar a viudas pobres, etc. La provisión individual del pobre y la visita a los pobres en sus casas de acuerdo con una lista especial (matricula) fue practicada estrictamente en cada comunidad Cristiana.

Las limosnas eran otorgadas luego de un estrecho examen y el abuso de la caridad por los extranjeros fue prevenido por servicio a los recién llegados a trabajar pidiéndoles cartas de recomendación. Ningún mendigo perezoso podía ser mantenido. (Didache, XI, xii; Constit. Apost. II, iv; III vii 6). Se buscaba con avidez hacer independientes a los pobres asistiéndolos en su trabajo procurándoles posiciones, dándoles herramientas etc. Los huérfanos y los niños expósitos eran confiados a familias Cristianas para la adopción y educación (Const. Apost. IV, i); los niños pobres eran confiados a maestros artesanos para ser instruidos (op.cit. ii). Los recursos desde los cuales la Iglesia obtenía sus ingresos para el auxilio a los pobres eran: los excedentes de las ofrendas durante el Ofertorio de la Misa, las ofrendas en la limosna (Collecta) al comienzo del servicio, las alcancías, el dinero de los primogénitos para el apoyo del clero, el diezmo (Const. Apost. VIII, xxx) el dinero que quedaba de las colectas realizadas regularmente en días feriados y también en días de necesidad especial y finalmente de contribuciones libres.

(6) Luego de la era de Constantino, quien otorgó a la Iglesia el derecho de adquirir propiedades, las posesiones eclesiales crecieron, gracias a los numerosos obsequios de tierra, fundaciones y los diezmos que gradualmente fueron establecidos (desde el siglo sexto) también en Occidente. Las imperfecciones de la legislación Romana en este respecto, las incesantes guerras, los atestados pobres en la Iglesia hicieron la tarea de auxiliar a los pobres incluso más difícil. El obispo administraba la propiedad de la Iglesia, siendo asistido en la superintendencia del auxilio a los pobres por los diáconos y diaconizas y en muchos lugares por una conomi especial o por los archí presbíteros y archidiáconos. En Occidente, la división del ingreso eclesiástico se hacía en cuatro partes (para el obispo, los otros clérigos, la construcción de la iglesia y el auxilio a los pobres) comenzó en el siglo cuarto. Además de la provisión para los pobres en sus hogares, la creciente masa de pobreza demandó una nueva institución – el hospital. Estaba para servir a una clase especial de necesitados, y fue la compleción regular de la actividad caritativa general del distrito. Tales instituciones establecidas para la colecta de los pobres eran: el diaconi, grandes bodegas cerca de la iglesia donde los pobres diariamente disfrutaban de alimentos en común; el henodochi, para los extranjeros; el nosocomi, para los enfermos; el orphanotrophi y el brephotrophi, para los huérfanos y los niños expósito; el gerontocomi para los ancianos. Tenía una importancia especial el hospital Basilias, erigido por San Basilio en Cesarea cerca del 369 para todo tipo de necesitados. A finales del siglo sexto, los hospitales y los hogares para pobres existieron en gran número en todas las divisiones del territorio eclesiástico. Todos estaban bajo el obispo y administrados por un director espiritual especial. Los enfermos eran cuidados por las diaconizas, viudas y asistentes bajo ellas (ver también HOSPITALES.)

(7) Luego de Gregorio el Grande (m. 604) quien organizó el cuidado de los pobres sobre la base de un modelo en Roma, urgió a los obispos y regidores seculares a racionalizar las obras de provisión para los necesitados, la difusión del Cristianismo en los campos y en las tribus Anglo-Sajonas y Germanas, todo lo cual llevó a una gradual extensión del sistema parroquial, el cual data desde el siglo cuarto; este movimiento fue acompañado por la descentralización del cuidado por los pobres. El obispo mantuvo la dirección del auxilio a los pobres en su ciudad y se ocupaba de las crisis especiales de necesidad en su diócesis; por otro lado, primero en la Galia y luego en círculos más amplios, las parroquias debían, de acuerdo con los decretos del Concilio de Tours (567) mantener a sus pobres bajo su propio peculio, de manera que éstos no vagaran hacia otras comunidades. Desde comienzos de la Edad Media, se fundaron nuevos centros de cuidado de los pobres en monasterios, primero de los Benedictinos, y luego de los Cistercianos, los Præmonstratensianos, etc. Estos constituían el factor principal en la prevención y la curación del auxilio a los pobres; dieron un ejemplo de obra; enseñaron a la gente incivilizada del agro, trabajos manuales y artes; instruyeron a los jóvenes; construyeron y mantuvieron hospicios para los extranjeros y hospitales para los enfermos. Un poderoso estímulo al cuidado de los pobres eclesiástico y privado, fue dado por el reemplazo de las penitencias canónicas de oración, ayuno y la entrega de toda o parte de la fortuna propia a los pobres, como legados píos para el alma propia o aquella de otro.

(8) Desde los tiempos de Constantino, la legislación civil apoyó el cuidado de los pobres dando privilegios en favor de fundaciones pías, legados, hospitales, etc. El Estado también adoptó desde los tiempos de los Emperadores Graciano, Valentino II y Justiniano, medidas contra los mendigos perezosos. Los posteriores Merovingios desviaron de alguna manera propiedad de la iglesia de sus propios objetivos y desorganizaron el cuidado de los pobres. En sus capitulaciones, Carlomagno creó el estado-eclesiástico, organización que proveía a los pobres y prohibió estrictamente la vagancia (806). Su organización fue reanimada por el Rey San Luis (m. 1270) quien solicitó hacer responsables a las comunidades del apoyo parroquial del auxilio a los pobres.

(9) Durante la edad Media, propiamente hablando, existió una importante distinción entre el cuidado de los pobres en la ciudad, de aquella en los campos. El sistema feudal, que fue establecido en el siglo décimo, dirigió el cuidado de los empobrecidos sirvientes y siervos, y por lo tanto de un mayor número de pobres de los distritos campestres, al Señor feudal. Además, el párroco trabajó para los pobres de su rebaño y los monasterios y fundaciones para los extranjeros y los enfermos.

(10) La provisión para los pobres, fue espléndidamente desarrollada en las ciudades de la Edad Media. Sus administradores eran – además del clero parroquial, los monasterios y hospitales – las hermandades (q.v.), corporaciones y confraternidades. Los Hospicianos cuidaban de los enfermos, a los pobres en sus hogares y a los viajeros; las hermandades, de los enfermos y miembros empobrecidos de sus familias; las miserias de las hermandades, de los peregrinos y viajeros. Congregaciones religiosas especiales cuidaron a los enfermos y preparaban medicinas – por ejemplo, los Humiliati, los Jesuati, los Hermanos del Espíritu Santo, los Beguinos y Begardos y, desde el siglo trece, las órdenes mendicantes, especialmente los Franciscanos. Las oficinas de empeño (montes pietatis) establecidas en Italia, y las sociedades de préstamo fueron fundadas por el obispo Giberti de Verona (1528) y servían como represión al auxilio de los pobres. Es falso asegurar que las regulaciones municipales en ayuda de los pobres fueron el fruto de la Reforma; los magistrados municipales medievales, en conjunto con el clero, ya habían hecho extensiva la provisión por los pobres, se esforzaron por detener la mendicidad a través de ordenanzas y regulaciones policiales, apoyaron a los realmente pobres y a las instituciones municipales, y fomentaron la educación de los huérfanos en tanto ello no eran entregado por las limosnas y las hermandades. En general, el cuidado por los pobres medieval de ninguna manera carecía de organización; en los distritos campestres, la organización, era sin dudas, perfecta; en los pueblos, el clero, los monasterios, los magistrados, las hermandades, confraternidades e individuos privados se disputaban uno con otro la entrega a los pobres con tal discriminación y adaptabilidad práctica que en tiempos normales, la provisión satisfacía toda la demanda, las calamidades extraordinarias solas, las oprimían. El espantoso crecimiento de los mendigos al final de la Edad Media nació, no del fracaso del cuidado por los pobres eclesiástico, sino de la relativa sobrepoblación de los países europeos civilizados y otras condiciones económicas de la época. La falta de una administración central ejercida por el obispo, luego del modelo de los primeros Cristianos, constituyó sin dudas un defecto en la organización.

(11) La Reforma destruyó los monasterios y fundaciones eclesiales las cuales fueron en la mayor parte, ocupadas de objetos seculares. Las terribles guerras del siglo XVI y XVII agravaron la miseria causada por la secularización de la propiedad la cual había mantenido el cuidado por los pobres a tal extensión que la pobreza, la mendicidad, el crimen, las exigencias y la inseguridad pública creció sin control. Las pobres regulaciones en los pueblos fueron casi enteramente inefectivas, y el gobierno del Estado entró en una guerrilla con la pobreza y vagabundaza inflingiendo severos castigos y, en Inglaterra y Francia, la pena de muerte. En oposición con la tradición cristiana, los Reformistas se convirtieron en paladines del auxilio a los pobres público, administrada por la comunidad secular y el Estado y sustituido por el principio de instituciones caritativas, como el principio central. En Alemania, la secularización del auxilio a los pobres comenzó con regulaciones policiales imperiales de 1530; en Francia Francisco II extendió la obligación de la comunidad por dar y apoyó el derecho del pobre a pedir, decretado por Francisco I en Paris a todos sus territorios. No se esperaba sino la misma secularización del auxilio a los pobres en Inglaterra (1536); esta provisión fue seguida en 1575 por la institución legal de los hogares de pobres, y en 1601 por la celebrada Ley del Pobre de la Reina Isabel. Este estado continuó hasta 1834, cuando la Reforma que había sido fundada como absolutamente indispensable, fue efectiva.

(12) El Concilio de Trento, renovó los antiguos preceptos en relación con las obligaciones de los obispos de entregar a los pobres, especialmente de supervisar los hospitales (Sess. VII de Ref. Cáp. XV; Ses. XXV de Ref. Cáp. Viii) y el empleo del ingreso de las prebendas eclesiásticas (Ses. XXV de Ref. Cáp.). De acuerdo con estos decretos, numerosos sínodos provinciales trabajaron para mejorar el cuidado eclesiástico del pobre.

San Carlos Borromeo, Arzobispo de Milán (m. 1584) trabajó con especial celo y gran habilidad. Simultáneamente, surgieron especialmente para el cuidado de los pobres y enfermos y la instrucción de niños pobres, un número de nuevas ordenes y congregaciones. – Por ejemplo, la Orden de los Hermanos de la Caridad, los Clérigos Regulares de San Camilo de Lelis, los Somas quinos, la Orden de San Hipólito en Méjico, los Betlehemitas, las Hermanas hospitalarias, los Paristas. Fundamental y ejemplar fue la actividad de San Vicente de Paul (m. 1660). En 1617 fundó la Confréie de la Charité, una asociaciones de mujeres que, bajo la guía del párroco, proveían a los pobres y enfermos; en 1634 fundó la Congregación de las Hermanas de la Caridad, un instituto visitante bajo disciplina religiosa, que por siglos probó su eficiencia en el cuidado de los enfermos y abasteciendo a los pobres; en su administración, combina centralización y disciplina estricta con descentralización y adaptabilidad en el auxilio del pobre.

(13) La secularización de la propiedad de la Iglesia durante la Revolución Francesa y del periodo posterior (1804) dieron un severo golpe al auxilio eclesiástico al pobre. Diversos estados pasaron leyes comprehensivas para los pobres, pero en ningún caso fueron tales que hicieran la ayuda eclesiástica dispensable.

(14) Desde mediados del siglo diecinueve, el desarrollo de las industrias, el Crecimiento de las ciudades y la libertad de emigración redujeron gran número de población a la pobreza, y gigantes gastos fueron necesarios por parte de la comunidad y el Estado. Los Estados pensaron a través de la protección legal del trabajo en la forma de seguros laborales, leyes industriales y regulaciones comerciales, prevenir la pobreza y hacer las pobres regulaciones más estrictas y perfectas. La legislación obligó volver al antiguo principio Cristiano de instituciones de caridad. En Alemania y en los países vecinos, el “Sistema Elberfelder”, fue adoptado para el cuidado de los pobres público; este está basado en el contacto personal entre quien dá y la familia empobrecida, y combina las actividades de caridad comunales y privadas. En el Sur de Alemania, Austria y Suiza, las comunidades emplearon mas que los antiguos cuerpos privados en sus hogares y orfanatos, las congregaciones religiosas . - por ejemplo, las Hermanas de la Caridad fundada por el Padre Teodocio Florentini (1844-1852) – siendo confiada con la administración interna de tales instituciones estatales. Las regulaciones concernientes a las comunidades y el establecimiento del auxilio a los pobres, habían sido ampliamente inauguradas hasta hoy en día en distritos, provincias, países y estados.

(15) Además del abastecimiento estatal a los pobres, el auxilio eclesiástico al pobre ha desarrollado en tiempos recientes no meramente en las parroquias y ordenes religiosas, sino también en un incalculable número de instituciones de caridad. Nombraremos solamente los llamados créches, escuelas de instituciones para niños pequeños de orfanatos, débiles, los sordo mudos, los ciegos, los tullidos, niños desprotegidos, protectorados, Escuelas Dominicales, protectorados para aprendices, la Asociación Internacional para la Protección de las Niñas, la Misión del Ferrocarril, hospicios para siervos, mujeres obreras, mujeres postradas y mujeres expuestas a peligros, el abastecimiento para los criminales liberados, para emigrantes y ancianos; asociaciones de mujeres de caridad (por ejemplo, las Isabelinas – y las Ludwigsvereine); las asociaciones de hombres al auxilio de los pobres incluyendo la Sociedad de San Vicente de Paul (fundada en 1833), los Círculos de Caridad estudiantil, los bufetes legales, las colonias de obreros, los movimientos de temperancia, y los asilos para ebrios.

(16) Mientras el Liberalismo político-religioso, destruyen las instituciones de caridad eclesiástica y persigue a las congregaciones de caridad, el amor Cristiano al prójimo continúa encontrando nuevas formas de abastecimiento a los pobres. La necesidad de asegurar unanimidad de propósito entre las varias instituciones eclesiásticas para el auxilio a los pobres, han hecho nacer varias uniones diocesanas y nacionales para la organización de la caridad – por ejemplo, La Caritasverband für Deutschland (1897), la Austriaca Reichsverband der katholischen Wohltätigskeitsorganisation (1900), la Caritasfaktion der schweizerische Katholikenveneins (1899). Los Protestantes por su lado, organizan su auxilio a los pobres especialmente por
Misiones Centrales.

E. La organización del auxilio eclesiástico de los pobres es hoy en día necesario para vincular, luego de la forma de la actividad de caridad Cristiana de los primeros tiempos consistente en la represión y prevención de la pobreza, todas las fuerzas religiosas monásticas, privadas, corporativas, estatales y comunales animadas bajo el mismo objetivo; mientras que las variantes condiciones nacionales y locales demandan una mayor diversidad en la organización, en general, los principios guías deben ser los siguientes:

(1) Para el auxilio eclesiástico del pobre, el obispo debe ser el alma y centro de la organización diocesana. Dirige la empresa afectando el todo o gran parte de la diócesis, y regula y supervisa la actividad caritativa de los parroquianos;

(2) El pastor local es el director inmediato del auxilio de los pobres de su parroquia. Las ordenes monásticas que trabajan en la parroquia, asociaciones caritativas, orfanatos e institutos para los pobres y enfermos todos bajo su dirección. El sacerdote párroco debe intentar cooperar lo más posible con el auxilio a los pobres secular y privado uniformando la acción;

(3) El abastecimiento local de los pobres debe ser lo más posible confinado al hogar, promocionando el contacto personal entre quien ayuda y el pobre; la asistencia debe ser como regla, entregada en bienes, y debe cuidarse contra el abuso de las regalías en dinero lo más prácticamente posible;

(4) El auxilio a los pobres eclesiástico incluye toda clase de necesitados, y debe darse consideración por los sentimientos de mortificación y orgullo familiar. La mantención de una lista de los pobres es indispensable:

(5) Los medios deben ser obtenidos del ingreso de las fundaciones, de las contribuciones regulares y voluntarias de los parroquianos y, en caso de necesidad, de colectas extraordinarias. A veces, el auxilio local a los pobres es una combinación es las organizaciones de caridad de los vecindarios.

(6) La provisión represiva del pobre dice relación en sí misma y en primer lugar con aquellos que son capaces de trabajar con:

a. niños que son ubicados en capacitación ya sea con sus familiares, con familias confiables o en orfanatos. Siendo que el mantenimiento dentro de una familia es preferible, no hay una regla general sobre este punto. La provisión caritativa hacia los niños es una nueva tarea, ya sea que son descuidados por sus padres, o quienes están moralmente desprotegidos (cf. La Fürsorgeerziehungsgesetz prusiana de 1897);

b. Personas enfermas o decrépitas quienes son asistidas ya sean con donaciones de bienes, alimentos, medicina etc en sus hogares o los ubicados en hogares para pobres u hospitales.

La disposición represiva a los pobres se dirige también hacia las personas que son capaces de trabajar, quienes pueden ganarse la vida y no lo hacen. Si esto es el resultado de pereza obstinada y una inclinación a la mendicidad y a la vagancia, el Estado debe confinar a los ofensores en instituciones de trabajo forzado, o comprometerlos en trabajos útiles pagándoles un salario y manteniéndolos. Puede ser, sin embargo, de la incapacidad para encontrar un empleo, e Estado debe interferir inaugurando trabajos de auxilio, una organización comprehensiva de la información en relación con las condiciones laborales, fomentando las medidas de auxilio privadas, colonias de trabajadores, etc.

(7) La prevención del auxilio a los pobres busca prevenir la caída en la pobreza. Esto nunca es totalmente exitoso, pero puede lograrse parcialmente con el trabajo combinado de la Iglesia, el Estado, las organizaciones comerciales, y agencias privadas de caridad junto con los siguientes lineamientos:

(a) a través de la educación de la juventud en la frugalidad, establecimiento de bancos de ahorro escolar y especialmente en el fomento de la economía entre las clases trabajadoras;

(b) a través de seguros voluntarios contra las enfermedades;

(c) haciendo al empleador responsable de los accidentes sucedidos a sus empleados;

(d) seguro contra la vejez e la incapacidad organizada en uniones comerciales o principios Estatales;

(e) por la expresa inculcación de las obligaciones mutuas de los miembros de una misma familia y parientes de acuerdo a los preceptos de la Cristiandad.

(f) Guerra contra la passion por el placer y una legislación social guiada por los principios Cristianos.

T. J. BECK.
Traducido por:
Carolina Eyzaguirre Arroyo.

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